jueves, septiembre 24, 2026
Ejércitos contra la independenci
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La situación es inaudita: fuerzas armadas republicanas operan como obstáculo que impide combatir al Imperio. Bolívar cumple una nueva Campaña Admirable. Desembarca en la Nueva Granada con apenas un puñado de oficiales patriotas, se justifica ante el gobierno local, gana su confianza, asume el mando del millar de reclutas que Urdaneta ha logrado llevar hasta Cúcuta y en acción fulminante el 11 de diciembre de 1814, libera la capital de lo que había sido el Virreinato de la Nueva Granada, Santa Fe de Bogotá.
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Parecería ocasión para disfrute y celebraciones. Pero el delirio de América no da reposo al Libertador. Su plan es tomar Santa Marta, Riohacha, Maracaibo, Coro, liberar Caracas y desde allí, por vía de Cúcuta desajojar al Imperio definitivamente de Colombia, de Quito, del Perú, del Nuevo Mundo. El gobierno patriota recién instalado en Bogotá le da la autorización. El 23 de diciembre de 1814 ya ordena Bolívar a los gobernantes de Mompox y Ocaña para trasladarse por el río Magdalena “hará VE reunir inmediatamente en el puerto de Honda todos los buques, con sus correspondientes bogas y pilotos que se encuentren en la jurisdicción de VE”.
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La leyenda finge que en una gesta independentista todo es estandartes, proclamas, cargas impetuosas. Pero la verdadera batalla se libra contra la falta de pertrechos, reclutas y tiempo. El 24 de diciembre, Bolívar escribe al presidente Custodio García Rovira: “Yo debo marchar de aquí dentro de quince días, a más tardar y si me retardo, la expedición contra Santa Marta puede tener lugar y frustrarse quizás; necesito que dé las órdenes convenientes para que se obedezcan las mías y para tomar las medidas previas que son indispensables. Si por parte del gobierno de Cartagena hubiere alguna novedad, yo me impondré para componerlo todo del mejor modo posible, en inteligencia de que llevando yo todas las facultades que se me deben dar, todo cederá a la política y la fuerza; pero si voy a sufrir contradicciones, por parte de los jefes militares y políticos, ni la expedición tendrá el logro que esperamos”.
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El Libertador multiplica diligencias. El 24 de diciembre incita al secretario de Guerra a rehabilitar el molino de la nitrería, pues “bajo la dirección de un hombre inteligente, producirá sin duda alguna más pólvora de la que quizás se necesitará, y el gobierno la tendrá a buen precio y de buena calidad (…).” A la comisión civil del Congreso en Cundinamarca recuerda “que existen en las cajas de diezmos veinticinco mil pesos, los cuales espero que ustedes manden tener en depósito, para que si al tiempo de salir no hay otros fondos para costear las marchas, sean aplicados a este objeto”. Participa al gobernador de Cundinamarca que a los españoles presos “he creído de justicia ponerles en libertad al paso que cada uno vaya contribuyendo con los donativos que han ofrecido (…)”. Manda a la autoridad de Zipaquirá que “Recoja VE todos los hombres solteros y robustos de la edad de catorce hasta treinta años, y remítalos al ejército (…)”. Cuatro días después impone empréstito forzoso de 200.000 pesos para pertrechar la expedición hacia Santa Marta. El 29 manda al secretario de Guerra de la Unión “que se busquen y aprehendan dondequiera los desertores, y que calificado que sea su delito, sean pasados por las armas”. Al ministro del Tesoro Público, José María Carbonell, exige que a quienes evadan el empréstito o se excusen “les hará usted entender que sus bienes serán pregonados hasta cubrir la cantidad asignada; y que sus personas serán inmediatamente destinadas al servicio de las armas (…)”. El primero de enero de 1815 ya prevé navegar río abajo por el Magdalena, a cuyo efecto ordena al oficial Fernando Carabaño: “Hará usted construir con toda actividad un número crecido de balsas para llevar la tropa”.
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Para tomar Santa Marta es indispensable el apoyo de Cartagena. Pero ocurre lo que Bolívar más temía: surgen “contradicciones por parte de los jefes militares y políticos”. El brigadier Manuel Castillo, jefe militar de la fortificada ciudad puerto, lo difama, desconoce su mando, ordena a sus subordinados no obedecerlo.
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Con ello, según reprocha el Libertador a Castillo el 19 de febrero, “al paso que no se obedece a la autoridad del gobierno nacional, se me atan las manos para obrar contra los enemigos, y se me esfuerza a ser un testigo pasivo del peligro de la República, sin que la puedan salvar las fuerzas que hay en el Bajo Magdalena, que según entiendo son bastante débiles. Ruego a VE que medite esta triste situación, y que crea que sin un pronto remedio la República corre a su ruina; pues mi detención dondequiera en el Magdalena me hará gastar inútilmente los fondos del ejército, y se enfermarán y perecerán todos mis soldados”. Al mismo tiempo, informa Bolívar al secretario de Defensa de la Unión que el general Castillo “me llama general intruso, exterminador y previene al comandante general de la línea que me rechace como a un agresor, si intento adelantar mis marchas más allá de Mompox”.
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Fracasan todas las iniciativas de diálogo o entendimiento adelantadas por Bolívar, quien asedia Cartagena. Siguen escaramuzas inciertas entre las fuerzas del Libertador y quienes quieren reducirlas a la pasividad. Bolívar renuncia a su pasión libertadora por evitar ser un pretexto para los fraccionalistas que abren las puertas al enemigo. El 8 de mayo manifiesta al Presidente de las Provincias Unidas de la Nueva Granada: “Yo no seré más general: iré a vivir lejos de mis amigos y compatriotas y no moriré por la Patria. Pero habré hecho un nuevo servicio con darle la paz con mi ausencia. Si yo permaneciese aquí, la Nueva Granada se dividirá en partidos, y la guerra doméstica será eterna. Retirándome, no habrá más partido que el de la Patria y con ser uno siempre, será el mejor”.
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Bolívar, Santiago Mariño, Pedro Briceño Méndez, los Carabaño y otros patriotas embarcan el día siguiente en el bergantín inglés Le Decouverte hacia el exilio en Jamaica, donde los enemigos del Libertador ya afilan cuchillos para asesinarlo.
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