Federico
García Lorca (1898-1936) fue uno de los poetas y dramaturgos más importantes de
la literatura española del siglo XX. Su obra combina tradición, simbolismo y
emoción, dejando una huella profunda en la poesía universal. Sus poemas nos
invitan a descubrir paisajes mágicos y sentimientos profundos. Leerlos es
adentrarse en un mundo donde la belleza convive con la tristeza, y donde cada
palabra deja una huella duradera. Romance de la luna, luna. Este poema cuenta la historia mágica y
triste de un niño gitano que ve a la luna en una fragua, como si fuera una
persona
Encantadora y misteriosa. La luna lo atrae y,
cuando llegan los gitanos, el niño ya ha muerto y ella se lo lleva. Es un poema
sobre la muerte, la belleza y el misterio, envuelto en imágenes mágicas.
ROMANCE DE LA LUNA LUNA
¡Ay qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!
Por tu amor me duele el aire,
el corazón y el sombrero.
¿Quién me compraría a mí
este cintillo que tengo
y esta tristeza de hilo y esta tristeza de hilo
blanco, para hacer pañuelos? blanco, para hacer pañuelos?
¡Ay qué trabajo me cuesta ¡Ay qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero! quererte como te quiero!
blanco, para hacer pañuelos?
¡Ay qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!
el corazón y el sombrero.
¿Quién me compraría a mí
este cintillo que tengo
y esta tristeza de hilo
blanco, para hacer pañuelos?
¡Ay qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!
Por tu amor me duele el aire,
el corazón y el sombrero.
¿Quién me compraría a mí
este cintillo que tengo
y esta tristeza de hilo
blanco, para hacer pañuelos?
¡Ay qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!
quererte como te quiero!
Por tu amor me duele el aire,
el corazón y el sombrero.
¿Quién me compraría a mí
este cintillo que tengo
y esta tristeza de hilo
blanco, para hacer pañuelos?
¡Ay qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!
La luna
vino a la fragua
Con su
polisón de nardos.
El niño la
mira, mira.
El niño la
está mirando.
En el aire
conmovido
mueve la
luna sus brazos
y enseña,
lúbrica y pura,
sus senos
de duro estaño.
Huye luna,
luna, luna.
Si vinieran
los gitanos,
habrían con
tu corazón
collares y
anillos blancos.
Niño,
déjame que baile.
Cuando
vengan los gitanos,
te
encontrarán sobre el yunque
con los
ojillos cerrados.
Huye luna,
luna, luna,
que ya
siento sus caballos.
Niño,
déjame, no pises
mi blancor
almidonado.
El jinete
se acercaba
tocando el
tambor del llano.
Dentro de
la fragua el niño
tiene los
ojos cerrados.
Por el
olivar venían,
bronce y
sueño, los gitanos.
Las cabezas
levantadas
y los ojos
entornados.
Cómo canta
la zumaya,
¡ay, como
canta en el árbol!
por el
cielo va la luna
con un niño
de la mano.
Dentro de
la fragua lloran,
dando
gritos, los gitanos.
El aire la
vela, vela.
El aire la
está velando.
Vicente Gerbasi: Mi padre, Juan Bautista Gerbasi, cuya vida es el motivo de este poema, nació en una aldea viñatera de Italia, a orillas del mar Tirreno, y murió en Canoabo, pequeño pueblo venezolano escondido en una agreste comarca del estado Carabobo.
Venimos de la noche y hacia
la noche vamos.
Atrás queda
la tierra envuelta en sus vapores,
donde vive
el almendro, el niño y el leopardo.
Atrás
quedan los días, con lagos, nieves, renos,
con
volcanes adustos, con selvas hechizadas
donde moran
las sombras azules del espanto.
Atrás
quedan las tumbas al pie de los cipreses,
solos en la
tristeza de lejanas estrellas.
Atrás
quedan las glorias como antorchas que apagan
ráfagas
seculares.
Atrás
quedan las puertas quejándose en el viento.
Atrás queda
la angustia con espejos celestes.
Atrás el
tiempo queda como drama en el hombre:
engendrador
de vida, engendrador de muerte.
El tiempo
que levanta y desgasta columnas,
y murmura
en las olas milenarias del mar.
Atrás queda
la luz bañando las montañas,
los parques
de los niños y los blancos altares.
Pero
también la noche con ciudades dolientes,
la noche
cotidiana, la que no es noche aún,
sino
descanso breve que tiembla en las luciérnagas
o pasa por
las almas con golpes de agonía.
La noche que desciende de nuevo hacia la luz,
despertando las flores en valles
taciturnos,
refrescando el regazo del agua en las montañas,
lanzando
los caballos hacia azules riberas,
mientras la
eternidad, entre luces de oro,