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miércoles, febrero 18, 2026

Cómo leer a Trump y no dejarse provocar (+Guía política)



Este reportaje analiza cómo funcionan los mecanismos de manipulación retórica, por qué generan indignación legítima y rabia, y cómo el pueblo venezolano puede canalizar esa rabia hacia estrategias que fortalezcan la unión en lugar de debilitarla

Contenido
El estilo kitsch de Trump y la sobresaturación informativa
El arquitecto del control territorial
El mecanismo de deshumanización
La táctica de la «Pinza» Diplomática
Validando la rabia legítima sin caer en la trampa
La trampa política detrás de la retórica
Otros ejemplos de esta estrategia
La estrategia del ruido total
La trampa de la respuesta en sus términos
El poder de la unidad estratégica
Validar la rabia, rechazar la trampa

El pasado Día de San Valentín nos sorprendió una serie de memes —simulando tarjetas del “Día de los Enamorados”— publicados en la cuenta de la Casa Blanca @WhiteHouse en la red social X. Entre la serie de cuatro imágenes que a la fecha tiene más de 7 millones de vistas, está una con la foto que se divulgó el 3 de enero pasado del presidente Nicolás Maduro esposado y vendado luego de la acción militar de EEUU cuyo objetivo fue su secuestro. La foto, sobre fondo rojo, contenía el siguiente mensaje: You captured my heart (Capturaste mi corazón) y luego los consabidos espacios “To:” (De:) y “From:” (Para:).

Los restantes memes repiten la gráfica y el discurso del destinado al presidente de Venezuela. Uno coloca a Trump con gesto y pose amenazadora, sosteniendo una Orden Ejecutiva que dice: «Eres mi Valentín»; el otro contiene el siguiente mensaje: “Mi amor por ti es tan fuerte como el amor de los demócratas por los inmigrantes ilegales” y luego, “¡Volaría 2460 kilómetros para tomar una copa contigo!” El mensaje acompaña a la foto del senador Chris Van Hollen sentado con el exdetenido de ICE Kilmar Abrego García en El Salvador. La imagen está enmarcada en un corazón.

El último mensaje de San Valentín de la Casa Blanca tiene una foto de Groenlandia en un corazón con la frase «Es hora de definir nuestra situación». Como saben, el presidente Trump ha insistido durante meses en su deseo de apoderarse de Groenlandia.
El estilo kitsch de Trump y la sobresaturación informativa

Desde los inicios de su segundo mandato, Donald Trump comenzó a usar una estrategia comunicativa basada en una estética kitsch para dominar la política estadounidense bajo el principio de que «más es más». En solo una semana, Trump firmó 33 órdenes ejecutivas, produciendo una avalancha de noticias y eventos diseñados milimétricamente para «inundar la zona». Este método, deliberado y calculado, busca saturar el espacio informativo, desorientar a la prensa y sobrecargar las capacidades de reacción tanto de las instituciones de ese país como de la comunidad internacional.

Más allá del volumen, Trump convierte su gobierno en un espectáculo continuo, apoyándose en enunciados performativos que no buscan describir la realidad, sino moldearla. La veracidad se sacrifica en favor del impacto, y lo que importa no es la precisión, sino el efecto que causan sus palabras. Esta táctica no solo desdibuja los canales oficiales de comunicación, sino que proyecta una imagen de espontaneidad irreverente que reta las normas tradicionales de la democracia deliberativa, dejando a los demócratas y a sus críticos en un estado de parálisis ante la multiplicidad de frentes abiertos.

El kitsch político, más que un exceso estético, se convierte en una herramienta de control que limita el debate público a lo que ya es aceptado por la opinión generalizada. Esto genera un círculo vicioso donde la política se convierte en un espectáculo predecible, incapaz de introducir ideas disruptivas o valores renovadores. En última instancia, esta saturación informativa no solo asegura eficacia electoral, sino que erosiona los fundamentos de la democracia, que depende de la deliberación y el tiempo para procesar los conflictos.
El arquitecto del control territorial

Cuando Stephen Miller, subsecretario general de la Casa Blanca, calificó rápidamente a un ciudadano estadounidense como «terrorista interno» antes de que surgiera evidencia, o cuando describió a Venezuela como un «cartel» en lugar de un Estado, no estaba cometiendo errores verbales casuales. Estaba ejecutando una estrategia política perfectamente diseñada: utilizar narrativas incitadoras que, simultáneamente, validan frustraciones reales y crean condiciones para que los venezolanos caigan en trampas que socaven su capacidad de acción y su cohesión social.

Miller se ha posicionado como una de las figuras que le “habla en la pata de la oreja” a Trump, asumiendo un papel determinante en lo que el gobierno gringo denomina la «transición» política de Venezuela. Pero su incidencia no se restringe a la coordinación técnica: Miller funciona, según un análisis de especialistas en relaciones internacionales, como «garante ideológico» de que esa transición responda a los intereses estadounidenses en seguridad, control territorial y acceso a recursos energéticos. Su escalamiento coincide con una estrategia geopolítica que enfatiza «el control estratégico de territorios clave» tanto en el Ártico —con sus declaraciones sobre la anexión de Groenlandia— como en Venezuela, donde los recursos petroleros constituyen un objetivo vital para la subsistencia de un decadente imperio que hoy, solo se sostiene por las armas y la hegemonía del dólar.

Lo fundamental para comprender el fenómeno comunicacional es que tanto Trump como Miller se salen del molde de la comunicación convencional. Actúan discursivamente mediante una retórica concreta que combina tres elementos: la deshumanización del «enemigo», la construcción de amenazas existenciales simplificadas y la generación deliberada de confusión política.
El mecanismo de deshumanización

La estrategia de Miller en la red social X evidencia claramente cómo la deshumanización se mezcla con revisión histórica para legitimar intervenciones. El 17 de diciembre de 2025, Miller publicó mensajes diseñados para «preparar el terreno emocional» previo a la Operación Absolute Resolve (agresión militar y secuestro de un jefe de Estado), reelaborando discursivamente la nacionalización petrolera venezolana del año 1976 como «el mayor robo registrado de riqueza y propiedad estadounidense». Esta operación retórica sentó las bases discursivas para el cambio de sentido de una acción militar, lo que finalmente ocurrió, en una supuesta «operación de recuperación de activos».

En sus publicaciones, Miller utiliza expresiones como «sudor e ingenio estadounidense» para sustentar el reclamo a la propiedad de recursos naturales de Venezuela, relacionando al mismo tiempo estos supuestos «bienes saqueados» con el financiamiento del terrorismo y la llegada de «asesinos y mercenarios» (Tren de Aragua) a las calles estadounidenses. La estrategia es una vinculación cognitiva simplista: petróleo venezolano = propiedad estadounidense robada; control por venezolanos = narcoterrorismo. Esta narrativa en X no fue azarosa ni moderada; fue un goteo consistente hacia el sustrato político gringo para construir la legitimidad emocional que justificó la invasión y el secuestro del presidente Maduro y la primera dama Cilia Flores.

Cuando Miller y sus asociados refieren a Venezuela como un «cartel que amenaza directamente la seguridad de Estados Unidos», están utilizando una técnica retórica precisa: la deshumanización mediante criminalización. Miller etiqueta a nuestro país con una categoría que fusiona criminalidad y terrorismo, posicionando la narrativa de una amenaza directa a la seguridad gringa.

Esta estrategia no es casual. Según una investigación académica sobre mecanismos de violencia política, la deshumanización funciona mediante dos rutas principales: la infrahumanización, que niega capacidades humanas y emocionales al adversario, la animalización, que reduce a seres a nivel bestial. Ambas operan permitiendo justificar acciones extraordinarias —militares, coercitivas, ilegales bajo el derecho internacional— porque el «sujeto-nación» ya no es visto como humano, sino como amenaza.

En el caso de Venezuela, etiquetar al país como un «cartel» no es una simple metáfora; es una maniobra estratégica que cumple múltiples propósitos a la vez. Primero, reduce una realidad intrincada a una narrativa binaria centrada en la seguridad, fácil de procesar pero profundamente reductiva. Segundo, habilitó y habilita la justificación de una intervención militar estadounidense bajo el argumento de «defensa propia» frente a una supuesta amenaza criminal. Tercero, desarma cualquier crítica internacional al enmarcar la situación como un problema de narcotráfico, no de política o soberanía. Y finalmente, intensifica la polarización dentro de la sociedad venezolana, presionando a los actores locales a alinearse con uno de dos bandos opuestos: criminales o guardianes del orden.
La táctica de la «Pinza» Diplomática

Uno de los hallazgos más críticos del análisis de discurso es la profunda incoherencia intencional entre diferentes voceros del gobierno estadounidense después de la agresión militar a Venezuela, denominada Operación Absolute Resolve del 3 de enero de 2026. Esta disonancia no es desorganización, sino una táctica deliberada de «pinza diplomática» diseñada para eludir responsabilidad internacional mientras se proyecta poder domésticamente.

La facción «legalista» de la Casa Blanca, personificada por el actual secretario de Estado Marco Rubio y el embajador ante la ONU Mike Waltz, intenta sostener ante la comunidad internacional que «no hay guerra contra Venezuela». Waltz declaró en el Consejo de Seguridad de la ONU que el secuestro del presidente Nicolás Maduro era, ni más ni menos que, una simple «operación de aplicación de la ley» basada en acusaciones de narcotráfico de décadas atrás. Rubio, por su parte, evitó dar una base legal clara sobre por qué Estados Unidos pretende «dirigir» el país, recurriendo a evasivas sobre «órdenes judiciales» internacionales cuando se le presionó sobre la autoridad legal de la ocupación.

Al contrario, el ala «realista» de la administración, encabezada por el presidente Donald Trump y Stephen Miller, deconstruye abiertamente esa fachada legal. Miller, en entrevistas televisadas que han circulado globalmente, respondió con un contundente «Maldita sea, claro que lo hicimos» cuando se le preguntó directamente si habían invadido Venezuela. Más críticamente, Miller desprecia abiertamente el marco legal internacional, calificando los tratados de soberanía como «amabilidades internacionales» (international niceties) para posicionar la idea de que el mundo se rige por las «leyes de hierro» de la fuerza y el poder. Esta diáfana confesión de que la invasión es una expresión de poder imperial, no una operación legal, invalida toda la arquitectura de justificación que, por otro lado, Rubio construye públicamente.

Este doble discurso genera un vacío de responsabilidad estratégicamente diseñado: mientras un sector de la Casa Blanca niega la guerra para evitar sanciones de la ONU y condenas internacionales, el otro sector la celebra abiertamente en redes sociales para satisfacer a la base política doméstica y proyectar fuerza regional.
Validando la rabia legítima sin caer en la trampa

Un error grave del análisis político sería descartar el discurso de Miller como puramente falso o manipulador. Precisamente porque su retórica funciona y genera reacciones en la población venezolana, es porque contiene elementos de verdad que resuenan con experiencias reales.

La intervención militar estadounidense en Venezuela el 3 de enero de 2026 fue, de hecho, una intervención militar de una potencia externa en territorio sudamericano, algo que no ocurría con estas características desde hace décadas. Esta intervención representa una violación del derecho internacional, un hecho que expertos en relaciones internacionales documentan explícitamente, independientemente de sus posiciones sobre el gobierno venezolano. Para cualquier venezolano que cree en la soberanía nacional, esta realidad genera indignación legítima.

Además, sobre la base de la coacción —amenazas de otras agresiones y de asesinatos—, el gobierno de Trump impone condiciones para las transacciones de los recursos petroleros de Venezuela. La administración Trump presiona acuerdos para que Venezuela venda petróleo a Estados Unidos, asegurando que «dinero del petróleo» ingrese bajo términos estadounidenses. Este no es un invento retórico, sino una realidad concreta. La frustración por la pérdida de soberanía sobre recursos naturales está, objetivamente, justificada.
La trampa política detrás de la retórica

Si nuestro análisis solo se restringiera a validar la rabia legítima, estaríamos incurriendo en un análisis incompleto. Es necesario desmontar el «para qué» de la retórica de la Casa Blanca: ¿cuál es exactamente el objetivo político que persigue?

Desde la perspectiva de teoría política sobre guerra de cuarta generación o híbrida, las narrativas instigadoras como las de Trump y Miller sirven a un propósito distinto al que parecen servir en superficie. No se trata simplemente de «ganar un argumento» o de comunicar una posición política convencional. Se trata de mantener a la sociedad objetivo en estado de polarización permanente para evitar que articule respuestas unitarias y estratégicas.

La estrategia tiene dos niveles. En primer lugar, si el pueblo venezolano reacciona violentamente a la narrativa de Miller, entonces la narrativa de «cartel terrorista» se refuerza automáticamente. La provocación genera la reacción que justifica la intervención. Este es el ciclo de lawfare político: uso de acusaciones criminalistas para deslegitimar gobiernos, para generar una reacción que valide las acusaciones originales.

En segundo lugar, si la oposición venezolana se divide entre quienes apoyan la intervención estadounidense —porque ven ventajas tácticas cortoplacistas— y quienes la rechazan por razones de soberanía, la capacidad de articular una demanda democrática unitaria se fragmenta. Miller y su círculo obtienen lo que quieren: no necesariamente un gobierno específico, sino una Venezuela débil, dividida internamente, dependiente de Estados Unidos para toda decisión política.
Otros ejemplos de esta estrategia

El fenómeno no es nuevo. En Brasil, la operación «Lava Jato» combinó elementos de lawfare judicial con narrativas de criminalización para desmantelar gobiernos de orientación progresista, utilizando exactamente los mismos mecanismos: etiquetaje como criminal, presión emocional para generar adhesión inicial, posterior reconocimiento de falta de pruebas, pero daño político ya realizado. En el caso de Colombia durante el conflicto armado, la construcción retórica del «enemigo interno» utilizó exactamente la lógica de Carl Schmitt cuando define lo político como la distinción entre un «nosotros» (amigos/semejantes) y un «ellos» (enemigos/extraños hostiles), cuyo efecto es criminalizar una posible cohesión social y justificar la agresión.

En el caso venezolano varía la escala y la apertura de la intervención militar estadounidense, pero la gramática retórica es idéntica.
La estrategia del ruido total

Más allá de la incoherencia entre voceros, la Casa Blanca ha implementado una técnica de bombardeo informativo diseñada para que el público venezolano y global pierda la capacidad de procesar la gravedad de los hechos. En apenas 48 horas tras la agresión militar llamada Operación Absolute Resolve, el gobierno de Trump emitió una ráfaga de amenazas y anuncios contra múltiples objetivos simultáneamente: amenazas de invasión similar contra Colombia, México y Cuba; declaraciones sobre «necesidad» de Groenlandia por seguridad nacional; anuncios de aumento masivo en producción de defensa para la industria armamentística; congelamiento de fondos federales para estados políticos opositores dentro de Estados Unidos.

Al proyectar a Trump como un «rey» de la industria y como líder que «necesita» territorios por seguridad nacional, la Casa Blanca logra un efecto calculado: la invasión a Venezuela se convierte en solo una noticia más en una avalancha de crisis provocadas. Esta saturación de amenazas impide que la diplomacia internacional se concentre exclusivamente en la violación de la soberanía venezolana, pues cada país vecino se ve obligado a atender sus propias alarmas de seguridad, generando fragmentación de la respuesta regional. Es la maximización deliberada de ruido para minimizar claridad política.
La trampa de la respuesta en sus términos

Si la tesis anterior es correcta —que la Casa Blanca busca provocar para generar una reacción que justifique intervención—, entonces la pregunta urgente es: ¿cómo responde el pueblo venezolano sin caer en la trampa?

Responder a provocación «en sus términos» significa exactamente lo que los estrategas de comunicación política quieren. Significa enfrascarse en discusión sobre si Venezuela es un «cartel» o no, si Maduro era un «terrorista» o no, validando la gramática de seguridad y criminalización que la Casa Blanca impone. Significa concentrar energías en rebatir narrativas en lugar de construir alternativas.

El error sería pensar que «no dejarse provocar» significa silencio o aceptación. Por el contrario, significa una sofisticación estratégica: reconocer la provocación como tal, validar la rabia legítima que genera, pero redirigir esa energía hacia objetivos que fortalezcan la cohesión social.
El poder de la unidad estratégica

Finalmente, debe tomarse en cuenta: la razón por la que esta estrategia de provocación-reacción funciona es porque requiere división. Si el pueblo venezolano logra mantener la unidad en torno a demandas mínimas concretas (incluso mientras se discrepa sobre otras cosas), la capacidad de manipulación disminuye drásticamente.

La arquitectónica discursiva de la Casa Blanca tiene poder mientras puede presentar a Venezuela como caótica, dividida, incapaz de articular posición clara. Si Venezuela presenta posición unificada, su narrativa de «país cartel sin instituciones» colapsa automáticamente. La provocación solo funciona si hay fragmentación.

La deshumanización intensiva también ha extendido sus tentáculos hacia figuras que originalmente fueron utilizadas por la estrategia estadounidense. María Corina Machado, tras dedicar su Premio Nobel a Trump, fue posteriormente despreciada públicamente por el presidente, quien afirmó que ella «no tiene el respeto» para liderar Venezuela. Esta movida comunica un mensaje político clarísimo a actores políticos venezolanos: El jefe de la oposición está en la Casa Blanca; él decide quién es válido.
Validar la rabia, rechazar la trampa

La indignación de los venezolanos ante el discurso de la administración Trump y la situación política actual no es irracional. Es una respuesta comprensible a hechos reales: intervención militar externa, secuestro del presidente y la primera dama, agenda gringa con pretensión de control de los recursos venezolanos con levantamiento discrecional de sanciones, castigo a la defensa de la soberanía. Esta rabia, además, puede ser una fuerza transformadora si se canaliza adecuadamente.

Pero exactamente porque esa rabia es real y comprensible, es por lo que es una herramienta política peligrosa si no se reflexiona sobre ella. La Casa Blanca parece haber diseñado una narrativa que simultáneamente valida esa rabia (documentando hechos reales) y la captura para otros fines (provocar división, justificar tutela externa, impedir la cohesión social).

Para los venezolanos, el desafío no es ignorar la rabia, sino canalizar su energía. Significa: reconocer la intervención, pero negarse a responder en términos de confrontación. Es crucial entender que la estrategia comunicacional de la Casa Blanca busca generar una rabia que nuble el juicio político. Los mensajes de Miller en X, las declaraciones de Trump, la «pinza» de Rubio y otros, están diseñados para ser ofensivos, «provocadores» e imposibles de ignorar. La incoherencia no es error sino táctica: uno intenta neutralizar la ley internacional, mientras el otro intenta neutralizar la voluntad nacional mediante miedo e indignación. Para el pueblo venezolano, se trata de un trance complejo: la soberanía hoy se defiende no dejándose arrastrar por la saturación de mensajes que buscan provocación constante.

La verdadera estrategia inteligente no es «no dejarse provocar» en el sentido de pasividad. Es ejercer tal grado de sofisticación política que se pueda absorber la provocación, validar la emoción que genera y redirigirla hacia acciones que fortalezcan la propia posición. Significa convertir la rabia en claridad, la indignación en propuesta de soluciones, la frustración en acción soberana. Así y solo así, los venezolanos podemos superar las trampas que buscan mantenernos reactivos y divididos.

Fiscal Saab: los venezolanos nos merecemos la paz


Saab defiende una política de Estado de perdón y apuesta al levantamiento total de las sanciones contra el país

El fiscal general Tarek William Saab define la venidera amnistía como el camino a una «pacificación real» en Venezuela, que incluya excarcelaciones masivas y lleve al gesto de Estados Unidos de liberar al presidente de la República, Nicolás Maduro y a la primera dama, la diputada Cilia Flores, quienes fueron secuestrados el pasado 3 de enero por fuerzas militares estadounidenses tras una incursión militar que incluyó bombardeos en Caracas y otras regiones.

En una entrevista concedida a AFP, el fiscal Saab celebró el anuncio realizado por la presidenta encargada, Delcy Rodríguez de una amnistía general y destacó el proceso de consulta pública del proyecto en el que participaron juristas, dirigentes opositores y hasta familiares de los privados de libertad. «Los venezolanos nos merecemos la paz, que todo sea debatido a través del diálogo», remata.

Saab también destacó que el Poder Ciudadano apoya de manera unánime el anteproyecto de ley de amnistía que impulsa la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez y recalcó que desde las instancias que dirige se han hecho aportes e ideas al referido anteproyecto que en la actualidad se discute en el seno de la Asamblea Nacional.

El fiscal defiende que la ley abarque las distintas crisis a lo largo de todos estos años, a los cuales. «Intentos de magnicidio, invasiones, incursiones marítimas», enumera. «Manifestaciones violentas con decenas, centenares de muertos, heridos», a las que calificó como «embriones de guerra civil».

Por otra parte, calificó esta iniciativa como excepcional, debido a que recorre los momentos históricos más importantes de la Venezuela contemporánea del último cuarto de siglo, por lo que espera que la ley de amnistía garantice un país «100% pacificado» donde los crímenes incluidos en el proyecto de ley no se repitan.

Saab defiende una política de Estado de perdón y asegura que «se han dado excarcelaciones masivas», aunque insiste que la amnistía no cubrirá a todos. «No puede seguir ocurriendo la reincidencia en hechos punibles. Si te están dando medidas de gracia para participar en la vida política de manera sana, eso debe respetarse», apunta.
Gesto humanitario

El fiscal general califica de ilegal y violatoria del derecho internacional el secuestro de la pareja presidencial. Considera que la reconciliación que promueve la amnistía debe beneficiar igualmente al presidente Nicolás Maduro y a la primera dama, Cilia Flores.

«Dentro de lo que implica este gesto humanitario, histórico, sin precedentes de la ley de amnistía que abarque a todos los factores del Estado, diría, incluyendo como un mensaje» que «cuando se dé la audiencia en marzo se decrete la libertad de Nicolás Maduro y Cilia Flores», expresó.

«Estamos tendiendo la mano», asegura el fiscal, y a partir de este gesto «que se levanten las sanciones» internacionales contra el país.

Se cumplen 60 años del Acuerdo de Ginebra sobre el Esequibo


Este acuerdo es el único instrumento jurídico válido para la solución del conflicto territorial sobre la Guayana Esequiba
Randolph Borges
17 febrero, 2026
La presidenta encargada de la República, Delcy Rodríguez, a través de un mensaje en su canal de Telegram, destacó el 60.° aniversario de la firma del Acuerdo de Ginebra de 1966, único instrumento jurídico válido para alcanzar una solución mutuamente aceptable de la controversia territorial.

Afirmó que Venezuela es toda, con cada uno de sus territorios legítimos, “la que brilla como las ocho estrellas que reivindican nuestra historia”.

En el mensaje destacó que cada estrella que ondea en la Bandera Nacional “representa este territorio legítimo, un derecho irrenunciable” que El Libertador Simón Bolívar liberó del dominio de la monarquía española.

Expresó que hoy los venezolanos llevan en el alma una Venezuela “completa, unida e íntegra; heredera de nuestras glorias libertadoras” representadas en ocho provincias: Caracas, Cumaná, Barcelona, Barinas, Guayana, Margarita, Mérida y Trujillo.

Hoy el pueblo reafirma la lucha por la integridad territorial y soberanía sobre la Guayana Esequiba al conmemorar el 60.° aniversario de la firma del Acuerdo de Ginebra de 1966, único instrumento jurídico válido para alcanzar una solución mutuamente aceptable de la controversia territorial.

A través de un comunicado, la Cancillería de la República Bolivariana de Venezuela recordó hoy, a través de sus canales oficiales en redes sociales, el sexagésimo aniversario de la firma del Acuerdo de Ginebra. Este documento representa el único instrumento jurídico vigente y legítimo para resolver la controversia territorial sobre la Guayana Esequiba.

El canciller Yván Gil resaltó que este tratado busca alcanzar una solución justa, equitativa y satisfactoria para las partes involucradas en la disputa. El Estado venezolano subrayó la importancia histórica de este mecanismo, el cual permitió la participación directa de Guyana tras obtener su independencia en mayo de 1966.

Este hito transformó el proceso en un diálogo directo entre dos naciones soberanas, alejándolo de las imposiciones coloniales previas. El comunicado oficial enfatiza que el Acuerdo de Ginebra constituye la base legal fundamental para superar las tensiones heredadas del periodo imperialista.
Compromiso con la soberanía y la paz
El Gobierno Bolivariano ratificó su voluntad inquebrantable de respetar cada cláusula del acuerdo para lograr una resolución definitiva y pacífica. La publicación institucional calificó la disputa como una «lamentable herencia» de las injerencias extranjeras que afectaron la integridad territorial del país.
En este sentido, la diplomacia venezolana insiste en que la vía del entendimiento mutuo garantiza la estabilidad en la región y el respeto a la soberanía nacional. La Cancillería cerró su mensaje con la emblemática consigna «¡El sol de Venezuela nace en el Esequibo!», reafirmando el sentimiento de pertenencia sobre dicho territorio.

Venezuela mantiene su postura firme ante los organismos internacionales, exigiendo el cumplimiento estricto de lo pactado en 1966. El Ejecutivo nacional asegura que continuará defendiendo sus derechos históricos mediante la diplomacia bolivariana de paz y el derecho internacional.
Venezuela apuesta a la paz

Por su parte, el ministro de Defensa venezolano, Vladimir Padrino López, la actual coyuntura geopolítica «sin duda alguna puede traer nuevas oportunidades para resolver las controversias territoriales en la región y pasar a un juego de suma positiva que traiga progreso para las naciones» que fueron «objeto de fronteras artificiales trazadas por imperios extintos».«Desde la FANB (Fuerza Armada Nacional Bolivariana), ratificamos nuestro compromiso con la búsqueda de una solución pacífica, práctica y satisfactoria para ambas partes en la región del Esequibo con su proyección marítima, también pendiente por delimitar», dijo en redes sociales.