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martes, junio 16, 2026

LOAS A FEDERICO GARCIA LORCA Y VICENTE GERBASI

Federico García Lorca (1898-1936) fue uno de los poetas y dramaturgos más importantes de la literatura española del siglo XX. Su obra combina tradición, simbolismo y emoción, dejando una huella profunda en la poesía universal. Sus poemas nos invitan a descubrir paisajes mágicos y sentimientos profundos. Leerlos es adentrarse en un mundo donde la belleza convive con la tristeza, y donde cada palabra deja una huella duradera. Romance de la luna, luna. Este poema cuenta la historia mágica y triste de un niño gitano que ve a la luna en una fragua, como si fuera una persona

Encantadora y misteriosa. La luna lo atrae y, cuando llegan los gitanos, el niño ya ha muerto y ella se lo lleva. Es un poema sobre la muerte, la belleza y el misterio, envuelto en imágenes mágicas.

ROMANCE DE LA LUNA LUNA                                 Es verdad

¡Ay qué trabajo me cuesta                                                 ¡Ay qué trabajo me cuesta

quererte como te quiero!                                                   quererte como te quiero!

Por tu amor me duele el aire,                                            Por tu amor me duele el aire,

el corazón y el sombrero.                                                  el corazón y el sombrero.

¿Quién me compraría a mí                                                ¿Quién me compraría a mí

este cintillo que tengo                                                        este cintillo que tengo

y esta tristeza de hilo                                                         y esta tristeza de hilo

blanco, para hacer pañuelos?                                            blanco, para hacer pañuelos?

¡Ay qué trabajo me cuesta                                                ¡Ay qué trabajo me cuesta

quererte como te quiero!                                                   quererte como te quiero!

blanco, para hacer pañuelos?                                            Federico García Lorca

¡Ay qué trabajo me cuesta

quererte como te quiero!

el corazón y el sombrero.

¿Quién me compraría a mí

este cintillo que tengo

y esta tristeza de hilo

blanco, para hacer pañuelos?

¡Ay qué trabajo me cuesta

quererte como te quiero!

Por tu amor me duele el aire,

el corazón y el sombrero.

¿Quién me compraría a mí

este cintillo que tengo

y esta tristeza de hilo

blanco, para hacer pañuelos?

¡Ay qué trabajo me cuesta

quererte como te quiero!

 

quererte como te quiero!

Por tu amor me duele el aire,

el corazón y el sombrero.

¿Quién me compraría a mí

este cintillo que tengo

y esta tristeza de hilo

blanco, para hacer pañuelos?

¡Ay qué trabajo me cuesta

quererte como te quiero!

 

La luna vino a la fragua

Con su polisón de nardos.

El niño la mira, mira.

El niño la está mirando.

 

En el aire conmovido

mueve la luna sus brazos

y enseña, lúbrica y pura,

sus senos de duro estaño.

 

Huye luna, luna, luna.

Si vinieran los gitanos,

habrían con tu corazón

collares y anillos blancos.

Niño, déjame que baile.

Cuando vengan los gitanos,

te encontrarán sobre el yunque

con los ojillos cerrados.

 

Huye luna, luna, luna,

que ya siento sus caballos.

Niño, déjame, no pises

mi blancor almidonado.

 

El jinete se acercaba

tocando el tambor del llano.

Dentro de la fragua el niño

tiene los ojos cerrados.

 

Por el olivar venían,

bronce y sueño, los gitanos.

Las cabezas levantadas

y los ojos entornados.

 

Cómo canta la zumaya,

¡ay, como canta en el árbol!

por el cielo va la luna

con un niño de la mano.

 

Dentro de la fragua lloran,

dando gritos, los gitanos.

El aire la vela, vela.

El aire la está velando.                                                  


 

Vicente Gerbasi: Mi padre, Juan Bautista Gerbasi, cuya vida es el motivo de este poema, nació en una aldea viñatera de Italia, a orillas del mar Tirreno, y murió en Canoabo, pequeño pueblo venezolano escondido en una agreste comarca del estado Carabobo.

 Venimos de la noche y hacia la noche vamos.

Atrás queda la tierra envuelta en sus vapores,

donde vive el almendro, el niño y el leopardo.

Atrás quedan los días, con lagos, nieves, renos,

con volcanes adustos, con selvas hechizadas

donde moran las sombras azules del espanto.

Atrás quedan las tumbas al pie de los cipreses,

solos en la tristeza de lejanas estrellas.

Atrás quedan las glorias como antorchas que apagan

ráfagas seculares.

Atrás quedan las puertas quejándose en el viento.

Atrás queda la angustia con espejos celestes.

Atrás el tiempo queda como drama en el hombre:

engendrador de vida, engendrador de muerte.

El tiempo que levanta y desgasta columnas,

y murmura en las olas milenarias del mar.

Atrás queda la luz bañando las montañas,

los parques de los niños y los blancos altares.

Pero también la noche con ciudades dolientes,

la noche cotidiana, la que no es noche aún,

sino descanso breve que tiembla en las luciérnagas

o pasa por las almas con golpes de agonía.

La noche que desciende de nuevo hacia la luz, 

despertando las flores en valles taciturnos,

refrescando el regazo del agua en las montañas,

lanzando los caballos hacia azules riberas,

mientras la eternidad, entre luces de oro,

avanza por prados siderales

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