Werther Sandoval 1 junio, 2026
César Uribe Piedrahita introduce en su novela Mancha de aceite (2006) un motivo que se repetirá en la obra de otros narradores venezolanos: la conquista de la mujer del extranjero por parte del criollo. Se establece de ese modo un espacio donde los nacionales, fogosos y tropicales, superan con creces al musiú apocado y sexualmente disminuido”, reseña el profesor jubilado de la Universidad del Zulia Cósimo Mandrillo en su magistral y académica obra El imaginario petrolero y otros ensayos, publicada por Monte Ávila Editores.
El también doctor en Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Iowa, EEUU, relata que en la novela Mancha de aceite la conquista de la rubia Peggy McGunn, por parte del doctor Gustavo Etchegorry, se repetirá, con características muy similares, en el cuento Arco secreto (2025), del docente ucevista Gustavo Díaz Solís. “En ambos relatos los personajes ejercen una especie de venganza contra su contraparte extranjera por medio de la posesión de la hembra”.
Narra Díaz Solís en su cuento Arco secreto: “… cuando llegó al campamento petrolero, pensó que su estadía no dejaría huella. Sería libre, verdaderamente libre. Sin embargo, la experiencia de aquellos meses recurre en golpetazos a las sienes. Cuando ingresó al Departamento de Cartografía, cuyo jefe levantó la vista de unos mapas al sentirlo frente al escritorio y produjo un gruñido interrogativo, él lo reconoció al instante y presentó sus credenciales. Era en efecto el mismo que había visto la noche anterior y que le había producido impresión repulsiva. Lo había advertido por el ruido que producía cuando masticaba.
Entonces le había observado con asco la boca, por cuyo canto chorreaba grasa y en la que faltaba un canino”.
“Al día siguiente, en el Club, ella, la esposa del jefe, que estaba en Caracas, le pasó cerca, saludó sin coquetería, con abierta amabilidad que parecía personal. Ella tomó su automóvil negro.
Ya adentro, sostuvieron un diálogo intrascendente y hasta penoso. Él hablaba poco inglés y ella, según le confesó excusándose, sólo sabía del castellano lo que exigían compras elementales.
Él dio su nombre y ella el suyo. Ella había venido de Tulsa, Oklahoma, con su marido, que era experto en sismógrafos. No tenían hijos”.
“Cuando el auto comenzaba a moverse, cerró con cuidado la portezuela y cuando ella presionó el botón de arranque con el pie izquierdo, él le miró el muslo sólido, redondo bajo la falda clara y la pierna larga y blanca, brillante como mica. Ella lo percibía varonil y alerta.
Súbitamente, su mano había saltado sobre el cuello descubierto. Se aferraba con delicada seguridad sobre la piel sudada. Ella levantó la cabeza y lo miró sin sorpresa en los ojos negrísimos, profundos de concreta hombría. Ella lo apretaba crecientemente, le acariciaba las espaldas con lenta franqueza. Él tenía un hombro tibio y redondo en la mano tensa, leve y tensa como una garra”.
En la novela Mancha de aceite Mandrillo relata que la relación del doctor Gustavo con la rubia Peggy es la valoración de una masculinidad que se quiere auténtica y poderosa por sobre la inocuidad sexual del extranjero, pero es también el camino escogido por el novelista para dotar a su ´personaje de un interlocutor que le permita expresar su pensamiento político, su análisis de la realidad del país y sus planes de insurgencia y reivindicación.
¿Qué denuncia Gustavo en esos párrafos retóricamente políticos? En general, los negocios turbios, la discriminación, el delito, el vicio, las bajas condiciones de vida de los trabajadores, el antimperialismo, los accidentes, las catástrofes, el superpoder las compañías petroleras, la represión.
Hay más narraciones. El imaginario literario petrolero venezolano de las relaciones entre los obreros criollos y las mujeres de los musiúes está cargado de relatos extraídos de los campos petroleros y de los caseríos adonde eran confinados los obreros, elevados en letras poéticas por autores como las del zuliano Udón Pérez en su pionera poesía narrativa Oro rojo, o en la pluma de Ramón Díaz Sánchez en su siempre citada novela Mene (1981).
Udón Pérez (1871-1926) escribe su Oro rojo en el contexto de una párvula industria petrolera, que se da a conocer con la perforación del pozo Zumaque I en 1914, el cual proyectó a Venezuela como país con verdadero potencial petrolero, aun cuando el primer pozo comercial arrancó en 1917 y el impulso definitivo de la industria ocurre en 1922, con el pozo Barrosos 2.
En su poema Oro rojo, a pesar del escaso desarrollo petrolero, lejos de expresar optimismo, Udón Pérez manifiesta una mirada agresivamente contraria a la industria, con clara conciencia de las implicaciones políticas y sobre todo sociales que la nueva actividad económica trae aparejadas.
El poeta zuliano, que apenas visitó Caracas una sola vez, escribe su obra maestra poco antes de su muerte en 1926, cuando la industria apenas daba sus primeros pasos. Díaz Sánchez dice que Oro rojo debe ser leído a mitad de camino entre el documento histórico y la creación poética propiamente dicha.
Para mostrar el antes y después de la llegada de musiúes, Udón Pérez arranca Oro rojo con la visión idílica de los pueblos zulianos:
“Tejían idílicos dúos doncellas y mozos rientes, sin torpes deseos que a modo de búhos rozasen sus frentes”.
De esta manera, el poema Oro rojo, que arranca llamando a los recién llegados unos hombres/ de músculos recios, rapados semblantes y exóticos nombres”, los describe más adelante como “traílla de perros, que busca una pista”. Ataca así a los conquistadores que muestran “…el típico sello/vivaz, de la raza del norte”.
Mandrillo dice que de esta manera Udón Pérez establece una postura ideológica que es especialmente importante, porque podría tratarse de la visión propia de una clase nacional conservadora que rechaza enérgicamente el surgimiento de la industria petrolera que se resiste a dejarse arrollar por una fuerza económica que, dado el volumen de recursos que movía, amenazaba con desplazarlas rápidamente.
Frente a ellos, Oro rojo personifica a nuestro país invadido por los adelantados de la explotación petrolera a través de una doncella:
“…su nombre era Rosa: más todo el pueblo -tal vez por si brava, por noble y altiva-, con ínclito apodo, Patria la llamaba”.
Pero con la industria petrolera viene la marginalidad de los criollos y con ella el empuje de unos de sus efectos más evidentes, la prostitución de la mujer criolla que cae en las manos del amo:
“Te diste con amos protervos,
de amor i justicia incapaces; i el trato sufriste que sufren los siervos
de los capataces”.
Ante la llegada del invasor petrolero, otro autor, Ramón Díaz Sánchez, contrapone en su novela Mene a un personaje que cumple el ritual de posesión de la mujer del otro, del rubio musiú, no en la realidad, sino en su imaginación, en lo que podríamos llamar “una venganza virtual”.
Díaz Sánchez ejemplifica magistralmente este proceso por medio de Teófilo Aldana, obrero ignaro y excluido de toda posibilidad de empleo en las compañías petroleras por estar incluido en las famosas listas negras.
Aldana no encuentra otro camino de venganza que no sea con la pura fantasía, con la realidad virtual que construye en su mente y le permite escabullirse esa otra realidad concreta, donde no tiene otro camino para dar salida a su rencor.
Por eso Aldana sueña, imagina, no solo que logra poseer a la hembra deseada, sino que alcanza incluso a vengarse del macho catire incapaz que la acompaña.
Fantasea: “La mujer rubia no viene sola. La acompaña aquel catire, y yo, Teófilo Aldana, …espero que se me atraviese una de esas catiras en un camino solo, porque ¿qué saben ellas lo que es un hombre de verás? No lo sabrán mientras no se acuesten con uno como yo, Teófilo Aldana, hecho de fuego solar”.
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