Reinaldo
Quijada
Unidad del Poder Popular
Con estas palabras resumió Chávez la trascendencia del ingreso de Venezuela
al MERCOSUR. Lo definió como “un nuevo mecanismo de integración que va más allá
del comercio”… El golpe de estado en Paraguay nos dio la oportunidad. En
política, los golpes del enemigo deben responderse con golpes de mayor
intensidad. Fidel ha sido maestro en ello. El Senado paraguayo, el último
obstáculo, dejó un flanco descubierto y por allí se le dio el zarpazo…
Con la entrada de Venezuela, el MERCOSUR adquiere una dimensión mucho mayor
de lo que significa la inclusión de un nuevo miembro. Ahora dejará de ser un
mero acuerdo de libre comercio como lo fue con relación a su objetivo de
origen, para constituirse en una fuerza estratégica de carácter político. En
este sentido, los análisis de algunos expertos en comercio exterior son
limitados y reducen la concepción de fondo cuando desconocen el parámetro
político.
Llama la atención, como bien lo afirmara el Presidente Chávez, que aquellos
que hoy critican la entrada de Venezuela al MERCOSUR, son los mismos que
apoyaban el ALCA. Hoy hablan de las asimetrías con las economías de Brasil y
Argentina, cuando antes no lo hacían con la de los Estados Unidos. Alguien
pudiera argumentar razonablemente, aunque equivocadamente como lo explicaremos
más adelante, que nuestras débiles industria y agricultura no están preparadas
para competir con las más desarrolladas de los dos países de América del sur,
de la misma manera que con la gringa. Esto pareciera ser cierto y darle validez
al planteamiento de las asimetrías…
¿Dónde está el error de análisis? Que nos estamos ubicando sólo en el andén
económico, el único que existía en el ALCA y el MERCOSUR de antes. Ahora
estamos hablando de un acuerdo que tiene carácter comercial pero también
político, social e histórico. ¡Es imposible comparar el ALCA con el MERCOSUR
por vía de las asimetrías! Alguien más pudiera también señalar que esta es una
apreciación idílica de un acuerdo de integración. Que subestimamos el mayor
desarrollo industrial y agrícola de Brasil y Argentina, que el sector privado
de estos países es claramente capitalista, que la mayor parte de la agricultura
de estos países está controlada por transnacionales agroalimentarias como
Bunge, Cargill, Dreyfus, Danone, Fonterra, Nestlé y algunos grandes grupos
económicos locales. Todo esto es implacable y lamentablemente cierto. La
diferencia radica en que Dilma, Cristina, el Pepe Mujica y Chávez no son Barack
Obama y compañía. En los primeros predomina la amistad, valor extraño en la
política, la responsabilidad histórica, la conciencia, el amor hacia sus
pueblos que los ha llevado a pensar en un paradigma distinto de integración
basado en la solidaridad. En los segundos prevalece lo que ya todos conocemos,
lo que ya es historia de sangre y dolor, y lo que no es necesario recordar.
Acertadamente advirtió el Presidente de Uruguay que “nuestra propia formación
cultural nos puede hacer trampa”, al igual que “los intereses de clase y los
quintacolumnas”. No estamos diciendo, y no podemos ser ingenuos, que la tarea
es sencilla. No, no lo es pero el camino es el correcto…
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