GABRIELA DEL MAR RAMÍREZ |
El flagelo de la violencia, sin duda, es el tema central de la campaña política de oposición en el marco del proceso electoral del próximo 7 de octubre
Curiosamente, su prédica de un país pacífico "donde quepamos todos" difiere de manera disonante con sus prácticas y actuaciones. La violencia es un fenómeno alimentado por diversos factores, siendo el más peligroso de ellos su banalización. La cómoda frase del candidato cuando se refiere a la agresión sufrida por la periodista Llanfrancis Colina al sentenciar que "ahí no hubo ninguna agresión", me recuerda la máxima de Oscar Wilde que rezaba El deber es lo que esperamos que hagan los demás. Utilizar un discurso de permanente endilgamiento de la violencia a los otros y no condenar la que proviene de las propias filas, es un acto no sólo de una carencia absoluta de integridad política, sino que constituye una acción que se oculta tras las cortinas de una campaña electoral para fomentar la evasión de responsabilidades penales que conllevan hechos que han sido considerados de extrema gravedad por el legislador.
La violencia en contra de la mujer ha cobrado en nuestro país numerosas vidas y preocupa que cierto liderazgo político se sirva de ella para drenar su violencia y frustración. Máxime cuando ese supuesto "liderazgo" se vende como de estreno.
El ejemplo nefasto para la juventud y la sociedad de ese bochornoso proceder debe ser señalado y repudiado por sus dirigentes, si es que éstos ofrecen genuinamente un país pacífico.
El esfuerzo que ha hecho la sociedad en su conjunto al impulsar un sistema de protección a la mujer pudiera diluirse en manos de estos cómplices políticos que después de tantas vidas segadas aún no comprenden que el machismo también mata y que la violencia debe ser condenada en todas sus expresiones.
Defensora del Pueblo
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