Miguel Posani 2 febrero, 2026
Si la evasión es la huida hacia afuera, la auto represión es la huida hacia adentro. Es el proceso, a menudo inconsciente, mediante el cual construimos una cárcel mental con barrotes hechos de mandatos, «deberías» y miedos. No se trata sólo de evitar ciertos pensamientos y opiniones contradictorias con el núcleo duro de tus creencias, sino de erradicar la posibilidad misma de que nazcan, cultivando una mente ordenada, predecible y, en última instancia, empobrecida.
Este es el arte de mantener la contradicción de las opiniones internas a raya, a fuerza de silencio interno.
La auto represión no nace en el vacío. Es el resultado de una internalización profunda de voces y miradas ajenas.
Desde la socialización primaria, familia, escuela y religión nos enseñan, desde la más tierna infancia, no sólo qué hacer, sino qué y cómo pensar y, sobre todo, qué sentir y a que tenerle miedo. «Los niños no lloran», «no seas egoísta», «no cuestiones a la autoridad».
Aprendemos a censurar emociones y preguntas legítimas para recibir amor y aprobación.
Después está el miedo al conflicto interno, la contradicción se vive como una falla, una señal de debilidad o incoherencia. La cultura del convencimiento exige una narrativa única y sólida de nosotros mismos. ¿Cómo admitir que ambicionamos y tememos, que amamos y odiamos, que creemos y dudamos? Más fácil simplificar: elegir un polo y reprimir el opuesto. Esto es parte de ver las cosas en blanco y negro, sin grises.
No puede faltar el pensamiento binario, si bien la realidad es compleja y matizada, nuestra mente, buscando eficiencia, anhela categorías claras: bueno/malo, correcto/incorrecto, éxito/fracaso, amigo/enemigo. La auto represión actúa como un filtro, eliminando los datos que ensucian esta dicotomía. Un pensamiento que amenace con romper el esquema es rápidamente aislado y desactivado. Aquí funciona una evasión inconsciente impregnada de emocionalidad.
Ahora esta hipervigilancia constante se ejerce a través de mecanismos psicológicos sofisticados.
La narrativa del «yo ideal». Creamos una versión idealizada de nosotros mismos (el buen hijo, el profesional impecable, la persona siempre positiva). Cualquier pensamiento, deseo o emoción que no encaje en ese guion es reprimido o racionalizado y aislado. La envidia se maquilla de «admiración sana», el cansancio de «flojera inaceptable», la duda de «herejía».
Luego está el positivismo tóxico como guardián. La orden de «pensar en positivo» se convierte en un instrumento interno de represión brutal. No es solo una actitud; es un mandato que invalida. El pensamiento «negativo» (crítico, triste, pesimista o realista) no es procesado, es eliminado. El mensaje es claro: ciertas facetas de la experiencia humana no son bienvenidas en tu propia mente, te hacen sentir débil.
Aparece la sobre racionalización. Ante un problema emocional o existencial, la mente reprime la dimensión afectiva y se lanza a un análisis hiperlógico, buscando una solución técnica a un malestar del alma. Es pensar sobre el sentimiento para no sentir el sentimiento. Esto ocurre muchas veces y no nos damos cuenta.
No podemos dejar pasar el miedo a la propia sombra (Jung). Reprimimos aquellos aspectos de nosotros mismos que consideramos inaceptables (la agresividad, la pereza, la vulnerabilidad, la duda). Pero estos no desaparecen; se convierten en «la sombra», una fuerza subterránea que sabotea desde las profundidades, generando ansiedad, proyección negativa en los demás y malestar difuso.
Y finalmente tenemos la negación absoluta. Se da como huida total de una realidad que no queremos aceptar porque además de deprimirnos pondría en discusión la estructura de creencias que gobiernan inconscientemente nuestra praxis cotidiana, llevándonos a una crisis profunda para la que no tenemos herramientas. Y entonces surge la negación total, el alejamiento del problema y la huida. Como niños nos tapamos los oídos y tarareamos algo esperando que esa actitud nos aleje del tomar conciencia.
El objetivo de la auto represión es la seguridad: una mente tranquila, una identidad coherente, una vida sin los tormentos de la ambigüedad y un convencimiento total de lo que pensamos es lo correcto. Sin embargo, el resultado es paradójico.
Una personalidad construida sobre la represión es como un muro de yeso. Carece de la flexibilidad y resistencia que da integrar y aceptar las propias contradicciones. Una grieta en la narrativa puede llevar al derrumbe.
Dejamos de saber quiénes somos realmente, porque hemos silenciado a tantas voces internas que solo escuchamos un monólogo pre aprobado. La vida se vuelve una representación para un público interno exigente.
La contradicción, el conflicto interno y el pensamiento «peligroso» son el motor del crecimiento y la creatividad. Una mente que reprime es una mente estéril, que solo recicla lo ya conocido y aceptado.
Lo reprimido no se evapora. Encuentra salida en el cuerpo: ansiedad generalizada, tensiones musculares, insomnio, fatiga crónica. El cuerpo grita lo que la mente se niega a articular.
Desmantelar la prisión de la auto represión no implica caer en el caos o la auto indulgencia. Se trata de sustituir la censura por la curiosidad compasiva.
En vez de decir «no deberías pensar eso», pregúntate: «¿Qué está tratando de decirme esta parte de mí? ¿Qué necesidad o miedo representa?»
Tolerar la incomodidad de no tener una respuesta clara, de sostener dos verdades opuestas. «Puedo estar agradecido y a la vez resentido». «Puedo ser fuerte y necesitar ayuda».
Atreverse a mirar de reojo lo reprimido. Escribir, crear arte o hablar en confianza sobre esos impulsos o pensamientos «inaceptables». Descubrir que, al darles un espacio consciente, pierden su poder destructivo y pueden incluso convertirse en fuentes de energía y comprensión.
Sustituir el «debería» por el «prefiero» o «elijo»: Este simple cambio lingüístico traslada el poder de un mandato externo internalizado a una decisión personal consciente.
La verdadera fortaleza no reside en una coherencia absoluta, sino en la capacidad de contener multitudes internas sin que estallen en guerra civil. Es el reconocimiento de que somos ecosistemas, no monumentos de piedra. Que la contradicción no es un error del sistema, sino una característica esencial de una mente viva, compleja y en proceso.
Liberarse de la auto represión no es caer en un libertinaje mental; es recuperar la soberanía sobre el paisaje interior. Es el acto de despedir al carcelero y convertirse, en su lugar, en un explorador atento y amable de ese territorio vasto, salvaje y fascinante que es la propia mente. En un mundo que premia las respuestas simples, el acto más radical puede ser permitirse la pregunta compleja, y escuchar, sin pánico, las múltiples y a veces contradictorias respuestas que surgen desde dentro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario